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¿QUÉ HA PASADO CON LA PARTICIPACION CIUDADANA EN COLOMBIA?


La política es un fenómeno esencialmente político y en Colombia esta comprendida solo desde la respuesta a la crisis del propio régimen y desbarajuste del sistema político atravesado por el clientelismo y el autoritarismo.

El clientelismo permitía a la política cumplir un triple objetivo: satisfacer las necesidades de los sectores más pobres de la población, incorporar a grandes masas de población al sistema político pero sin que se acercaran a los círculos del poder político ni participaran en las grandes decisiones, fortalecer por esta última vía su legitimidad política y, en última instancia, garantizar su permanencia en las instancias decisorias del Estado, este mismo clientelismo provoca que los ciudadanos no participen, es mas estos en muchas ocasiones se ven impedidos para intervenir en la solución de sus propios problemas.

El autoritarismo con su concentración de poderes e implantación de la autoridad llevo al sistema político a la crisis y fue con esta que aparecieron las reformas participativas como son:

• La acción comunal.
• Planeación participativa (plan de desarrollo)
• Inderencia/ recursos naturales y protección.

En 1986 la única intervención que podían hacer los ciudadanos era el voto, con lo que en la década de los 70 se da la apertura a la participación ciudadana y se pierde la creencia que se tenía por los partidos que en el momento tenían el poder político.

En 1980 con el decreto 1306 que estipula la planeación participativa se dan procesos de participación en varias ciudades de Colombia como: Cali y Bogotá y se crean sistemas de la misma y aparecen los llamados consejos verdes.

En la constitución de 1991 con la asamblea nacional constituyente se estipulan aquellas reclamaciones que se vieron evidenciadas en las manifestaciones y en el conflicto armado, lo que partió en dos la historia política de Colombia.

Hay dos corrientes una hegemónica (orden global, discurso, papel de la burocracia) y otra contra hegemónica (debate que propone ir mas allá del discurso y asi es posible ir más allá de la resistencia), esta propuesta contra hegemónica dice que el debate debe conducir al consenso en otras palabras a la participación ciudadana.

La participación como intervención es un motivo para cooperar de forma general y grupalmente, este ejercicio es complejo, poco fluido e implica resistencia o intereses del entorno que busca frenar o distorsionar el mismo.

La participación ciudadana se piensa como sustituyente de la representación política y hablar de esto implica realizar una planeación participativa, diciendo que hay que pensarla, y darle una visión y unos objetivos para lo cual se necesita de dinero lo que en muchas ocasiones o casi siempre se es muy difícil conseguir.

Es de esta manera entonces como lo universal incide de cierta manera en lo local y constituye una nueva forma de vivenciar las diferentes relaciones económicas, políticas y culturales, digamos que la economía de la informalidad y las nuevas maneras de producción y consumo afectan visiblemente lo local, dándole acogida a la globalización que tiene efectos culturales, económicos y políticos.

Operacion Pandemia AH1 N1

La sarta de mentiras que los gobiernos les dicen a los pueblos.

La exclusión económica y social

No pueden ser iguales las dinámicas de participación en sociedades en las cuales la gente ya superó el umbral de satisfacción de las necesidades básicas y cuenta con un estándar de vida que le evita preocupaciones en torno al empleo y a los ingresos, que en sociedades en las cuales la gente tiene que definir en el día a día estrategias de supervivencia y plantearse primero cómo resolver sus necesidades básicas y las de su familia y luego sí preocuparse por los escenarios públicos. No se quiere señalar con ello que la participación rinda mejores o peores frutos en contextos de pobreza o riqueza. Simplemente que estos últimos se convierten en condicionantes en por lo menos dos sentidos: en primer lugar, como factor que determina la jerarquía de preocupaciones de la gente; en segundo lugar, como elemento que puede dar contenido y otorgar sentido a la vinculación de los individuos a procesos de participación.

En Colombia los procesos de modernización implicaron importantes rupturas con formas tradicionales de vida e, incluso, produjeron avances importantes en materia económica y social.

Pero no lograron reducir las distancias entre ricos y pobres, entre campesinos y citadinos, entre incluidos y excluidos. Por el contrario, la brecha social se amplió y hoy día, en un contexto de crisis económica y política, sigue una trayectoria de creciente exclusión y polarización social.
Garay lo plantea de esta forma: .Colombia se caracteriza por ser una sociedad con una profunda exclusión social o, si se quiere, por mantener de manera perversa y discriminatoria a amplias capas de su población, a quienes se les impide potenciar y aprovechar sus habilidades y capacidades para el enriquecimiento de la vida, la ampliación de las libertades, la solidaridad, el sentido de pertenencia, la cooperación, la construcción participativa a través de instituciones y prácticas democráticas, el desarrollo, el bienestar económico y social.

La profunda inequidad (sic) y la falta de oportunidades reflejan importantes problemas de exclusión social expresados, entre otros, en una alta concentración del ingreso y la riqueza, elevados niveles de pobreza e indigencia, persistencia del desempleo, precariedad en el acceso a servicios sociales, a protección social y a activos productivos que, por decir lo menos, en países como Colombia no han podido ser resueltos por el modelo de desarrollo actual. Garay sintetiza en nueve puntos los rasgos más sobresalientes del fenómeno de la exclusión social en Colombia.

a. La concentración del ingreso: Colombia presenta uno de los índices más altos de concentración del ingreso en América Latina. En la segunda mitad de la década pasada las desigualdades aumentaron: el coeficiente de Gini pasó de 0.54 en 1995 a 0.57 en 2000, lo que se explica en buena parte por la caída del ritmo de crecimiento económico y el desajuste financiero y fiscal.

b. El nivel de pobreza: El Cuadro 2.1 presenta la evolución de la pobreza en Colombia durante la década del 90. Durante la primera mitad de la década hasta 1997 se logró una reducción del porcentaje de población por debajo de la línea de pobreza. A partir de 1998 el índice se elevó rápidamente, debido a la coyuntura de recesión económica que comenzó a experimentar el país en ese momento, hasta llegar en 2000 a cerca del 60%.

La situación es dramática en el sector rural, donde prácticamente cuatro de cada cinco habitantes eran pobres en el cambio de milenio.

c. La indigencia: Las cifras del Cuadro 2.2 muestran una gran dificultad del país para reducir los niveles de indigencia. Ello fue posible hasta 1998, pero desde 1999 la proporción de población en estado de indigencia aumentó rápidamente y se colocó en 23%. Una vez más, la situación en las áreas rurales es extrema: dos de cada cinco personas se encuentran bajo la línea de indigencia.

d. La desigualdad estructural: Lo que se ganó en las décadas del 60 y 70 se perdió en las dos últimas décadas en materia de reducción de las desigualdades. Como lo señala el estudio del Banco Mundial sobre el impacto social de la crisis, la creciente desigualdad incrementó las pérdidas en materia de bienestar, especialmente en la segunda mitad de la década pasada (caída del ingreso per cápita de 2.145 a 1.798 dólares entre 1995 y 2000).

e. La informalidad: aparece como la forma más común de empleo en Colombia. Actualmente, 61% de la fuerza de trabajo ocupada se ubica en el sector informal de la economía. El desempleo creció en la década del 90, especialmente a partir de 1998, llegando en 2000 a 16.6%. Las mayores tasas corresponden a la población joven y a las mujeres. La cohorte de mujeres entre 12 y 24 años presenta tasas de alrededor de 40% (Cuadro 2.3). Esto ha incrementado el volumen de oferta de fuerza laboral en el sector informal en actividades de baja productividad. En 2000 más de dos terceras partes del sector informal correspondían al sector de subsistencia, lo que significa menores márgenes de bienestar y la necesidad imperiosa de definir para cortos plazos estrategias de supervivencia, por ejemplo la vinculación de los miembros del hogar, incluidos los niños y niñas, al mercado laboral.

f. El acceso a activos: Son muy pocos los que acaparan los activos del país. En materia de crédito, por ejemplo, los 50 mayores deudores absorben un 20% de la cartera comercial del sector financiero. En el mercado de acciones, las 10 empresas más importantes participan con más del 75% del movimiento. El 1.08% de los propietarios de la tierra en Colombia posee más del 53% del área.

g. La cobertura en seguridad social: El aumento del gasto social no se ha traducido en un incremento de la cobertura en seguridad social suficiente para los colombianos: sólo la mitad de la población está afiliada al servicio de salud, menos del 29% al sistema de pensiones y cerca de tres millones de niños y jóvenes entre 5 y 16 años están por fuera del sistema escolar.

h. El acceso a los servicios públicos: las diferencias urbano-rurales son notables: la cobertura de agua potable, por ejemplo, es cercana a 90% en las cabeceras municipales, mientras sólo llega a 60% en zonas rurales. La cobertura de alcantarillado en el área rural no pasaba de 21% en promedio en 2000, mientras la cobertura urbana era superior a 85%. Los incrementos tarifarios, resultado de la aplicación de la Ley 142 de 1994 afectaron fuertemente al estrato 1 en los últimos cinco años (incremento de 238% en una muestra de nueve ciudades capitales) y se espera un efecto igual en los próximos años. Ello seguramente aumentará la cartera morosa y estimulará las conexiones ilegales.

i. La exclusión de la niñez: una cuarta parte de la población bajo línea de pobreza es menor de diez años; 2.5 millones de niños sufren maltrato infantil; un millón son desplazados; 13.5% de los menores de cinco años padecen desnutrición crónica y 18.3% no tienen acceso al sistema educativo. Se podría añadir más cifras a este inventario de la exclusión social en Colombia. Lo cierto es que la participación ciudadana se ha desarrollado en condiciones de creciente desigualdad social. En los últimos cinco años tales condiciones se han agudizado, lo que tiene un efecto directo en las condiciones de vida de los más pobres y en las prioridades que la población va construyendo en su trayectoria de vida.

HOY POR TI, MAÑANA POR ????????

Primero se llevaron a los negros
pero a mí no me importó porque yo no lo era.

Enseguida se llevaron a los judíos
pero a mí no me importó porque yo no lo era.

Después detuvieron a los curas
pero como yo no soy religioso tampoco me importó.

Luego apresaron a los comunistas
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.

Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde.


Bertolt Brecht

Un país sin clase gobernante

Cruzados apenas los umbrales del siglo xxi conviene insistir en cierta excepcionalidad colombiana en el ámbito latinoamericano. A saber, que las clases gobernantes y dirigentes de la “república oligárquica” nunca sufrieron derrota y, por tanto, su experiencia y sensibilidad políticas son bastante limitadas en eso de ponerse “en plan de iguales”. Esto les ha impedido dialogar y conciliar abiertamente con las clases populares y con sus diversas organizaciones. Defienden en principio y a ultranza un Estado fiscalmente débil.

Ni revoluciones como las de México, Bolivia o Cuba; ni dictaduras tradicionales al estilo de las del Caribe o Venezuela o burocrático-modernizadoras como las del Cono sur; ni populismos blandos como los de Velasco Ibarra en Ecuador; ni duros como los de Vargas y Perón en Brasil y Argentina; ni golpes militares reformistas como los de Perú o Panamá en la década de 1970; ni guerras civiles como la costarricense de 1949, con final liberal y de potencial democrático; nada de eso ha roto con la continuidad de dominio y gobernación de unas clases que, colocadas al borde del abismo por sus propias pugnas, como ocurrió en el segundo semestre de 1949, optaron por el compromiso, dejando al pueblo campesino sumido en el sectarismo y lo que venimos llamando La Violencia.

Este cerramiento oligárquico resta legitimidad democrática al Estado colombiano. Pero también le resta eficacia en cuantas instituciones clave para el orden, como son un poder judicial independiente y su soporte, una policía moderna, quedaron desbordados por la urbanización caótica, la acelerada mundialización del crimen organizado con sus múltiples expresiones y secuelas domésticas, de las cuales el narcotráfico ha sido la más gravosa.

Detengámonos un momento en esta trayectoria del siglo xx colombiano. 1903 a 1948 se apunta hacia la construcción de un modelo de civilidad mediante la representación política de todos los intereses sociales (los intereses populares urbanos y rurales fueron asumidos por dirigentes y corrientes del Partido Liberal, de los cuales la izquierda, encarnada principalmente por Gaitán y el gaitanismo, fue quizás su expresión más poderosa), sobre una base fiscal fuerte, como empezó a plantearse y ejecutarse en la reforma tributaria de 1935. En 1948-1949 empezó a desarmarse este modelo. Las clases capitalistas y rentistas, así como la política que controlaba los dos partidos históricos, quedaron sobrerrepresentados en el Estado y en un comienzo se acomodaron a la dictadura militar (1953-1958).

Importándoles fundamentalmente que el Estado tuviese baja capacidad fiscal extractiva, independientemente de si había o no déficit en las cuentas de la hacienda pública, se pasó a las clases populares la caja de galletas.

En efecto, a partir del Frente Nacional (1958-1974) la política social empezó a funcionar como una caja de galletas administrada por los políticos profesionales, cada vez más incontrolables, quienes dispensaban la provisión de educación, casa-lote, electricidad, acueductos, vacunas. Paliativos a la pobreza urbana y rural que sirvieron al sistema político para crear y mantener clientelas en barrios y veredas que darían fluidez a un mercado electoral competitivo en apariencia, pero de hecho circunscrito a los partidos Liberal y Conservador y a sus múltiples facciones, movimientos y grupos que jugaban en la arena electoral de lado del gobierno de turno.

Así registramos modestos programas asistenciales que comenzaron a surgir en los comienzos del Frente Nacional como las juntas de acción comunal y las brigadas cívico-militares. Terminaron entretejiéndose a las redes remozadas de clientelismo electoral sobre las que pudieron montarse organizaciones y burocracias como las del Plan Nacional de Rehabilitación a mediados de la década de 1980. En este sentido, los pactos entre los gobiernos y las guerrillas en 1990-1991 y 1994 también estuvieron orientados por una concepción instrumental de la vida política. La caja de galletas fue el medio ex-pedito de cooptar guerrilleros y ganar tiempo en ciertas regiones o micro-regiones del país. Para los jefes guerrilleros que negociaron la desmovilización de sus fuerzas fue un medio de legitimación y control internos.

El continuismo colombiano genera en las clases dirigentes y en las medias prósperas una mentalidad excluyente, de neoapartheid, que encuentra su razón de ser en la exclusión y segregación implícitas en el modelo de economía política. Se supone entonces que la exclusión de los sectores populares, rurales y urbanos de los bienes de la modernidad económica y de la ciudadanía puede paliarse administrando a cuenta gotas y desde arriba. Sobre todo después del 9 de abril de 1948 cualquier manifestación de protesta desde abajo ha sido vista con desconfianza, llegando a inspirar miedo en las clases gobernantes y la respuesta inicial suele ser de tipo policivo, penal, militar.

En el proceso de modernización colombiano se rompieron los lazos premodernos de solidaridad entre clases, pero aquí no fueron reemplazados por los vínculos igualitarios de la ciudadanía política. La alternativa ofrecida por nuestra república oligárquica ha sido de partida doble: de un lado, el clientelismo electoral modernizado y, del otro, el funcionamiento de lo que el sociólogo y economista Wilfredo Pareto denominó la circulación de élites. El funcionamiento del proceso electoral exige reconocer, valorar y emplear el talento político individual, ese bien escaso en las sociedades, sin tener en cuenta el origen social de sus portadores.

La geografía de guerrillas, paramilitares, cultivos ilícitos, rutas del contrabando, es la geografía de la colonización de la segunda mitad del siglo xx. La extraordinaria historia de las colonizaciones de este país, colonizador por excelencia, es la historia de millones de vidas que han buscado rehacerse en condiciones económicas y sociales adversas, quizás menos opresivas aunque menos solidarias que las de sus comunidades campesinas de origen. Por eso no debiera sorprender que guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y contrabandistas hayan encontrado respaldo en las poblaciones de colonos individualistas cuya atomización es más acusada si consideramos que en la frontera agraria la gente proviene de todos los rincones del país; sin olvidar, además, el aspecto que se refiere a la baja institucionalidad que caracteriza la adjudicación delos derechos de propiedad en las zonas de colonización, a la violencia cotidiana y a la ausencia de autoridad.

Por último, enfrentamos la peculiar dinámica social que desencadena el conflicto armado. Los que parecían meros residuos del viejo patriarcalismo y de la cultura política binaria dicotómica, omnipresente en La Violencia, vuelven a ganar centralidad. La guerra irregular termina imponiendo una lógica del terror sobre la población civil, que tiene una salida espeluznante en las corrientes de desplazados. Aquí se corroen los precarios tejidos sociales y los tenues lazos entre autoridad y población. Al punto que los campesinos no siempre consiguen
distinguir por el uniforme quién es soldado, guerrillero o paramilitar. “Uno no los ve, dice un campesino, porque uno desde que oye decir que viene un grupo de paramilitares, o que viene una tropa de ejército o lo que sea, uno no espera para mirar. Porque uno no tiene la seguridad de si vienen a conversar con uno o si vienen es a matarlo”.

En suma, y volviendo al inicio, lo que diferencia a nuestro país de otros latinoamericanos no es la exclusión como tal, o la inseguridad ciudadana en las grandes ciudades y en los campos, o la desigualdad social creciente, sino la ausencia de una clase dirigente capaz de gobernar el Estado, de tramitar los procesos complejos de construcción de ciudadanía y de dar curso al sentimiento de que todos somos colombianos.